Salir de Venezuela en tiempo de apagones

Creo que algunos conocen la situación de Venezuela, digo algunos porque sé que Venezuela no es el centro del universo, y por lo tanto hay gente que ni siquiera sabe dónde está. Muchos de los que me leen, sienten y sufren la situación desde afuera, unos pocos creen que saben lo que sucede, emiten juicios cuando nunca han entrado a Venezuela, y estoy segura que no podrían sobrevivir en las condiciones en las que está, a otros nos ha tocado vivirla en todos los sentidos, psicológico, político, económico, emocional.

Entonces, me imagino que se preguntan por qué es el título, pues porque tuve que salir de Venezuela, esto lo decidí en conjunto con mi esposo cuando ocurrió el primer apagón, duramos al menos 42 horas sin servicio eléctrico, sin agua, sin poder comprar nada para alimentarnos, sobreviviendo de lo que había en la nevera para que no se pudriera.

Yo, les aseguro que vivir allí es un juego psicológico, es un atentado a la estabilidad emocional, no es tan sencillo existir – digo existir porque allá no se vive, se sobrevive–  en un lugar donde la paranoia es lo común. Paranoia al salir de día o de noche, paranoia cuando sales a trabajar y no sabes si llegarás o si podrás regresar a casa, paranoia cuando tienes 12 bocas que alimentar y una sola fuente de ingreso (la mía) – que gracias a Dios tuve una oportunidad que muchos no tienen-  y me ayudó a mantener la cabeza a flote aun cuando el cuerpo estuviera hundido.

Después de ser una profesional de la Geografía, con privilegios que muchos no tuvieron, nunca me imaginé que terminaría sobreviviendo a puro pulso de freelancer.  Re-explotando mis habilidades de tutora, escritora y más de alguna vez de poetiza.

Imagínense, alimentar 12 bocas, trabajar a distancia requiriendo de un servicio constante de Internet y electricidad para poder producir y BOOM – Apagón nacional-, les pregunto ¿Qué pasaría si la vida de muchas personas dependiera de ustedes, y ocurre una falla tal, que no puedes hacer absolutamente nada, te invade el miedo, la incertidumbre y empiezas a preguntarte si van a prescindir de tus servicios,  porque de algo hay que estar claros, a quién le conviene tener un empleado a distancia que por semanas se mantiene incomunicado, y que no ha podido producir.

Son inconmensurables las dificultades que se atraviesan en una situación así, estar pendiente si todos tienen agua para beber y bañarse, si han comido por lo menos dos veces al día, tener que cargar con garrafas de 30 litros por las escaleras hasta un piso 14, o 12 (en la casa de mis padres), pensar en que se puede comer y que no se dañe en 48 horas, enterarte que se necesita una medicina de urgencia y que no puedes comprarla aunque tengas como, y le ruegas a Dios que no pase nada y que aguante hasta que llegue la luz y puedas comprar, no tienen idea, se los aseguro de lo que es vivir en esa situación.

El juego es a desgaste, yo creo que es un condicionamiento, para seguir quitando libertades, así comenzó el servicio de agua potable, al principio fallaba un día, luego dos, luego tres, ya son 5 años en los que sólo se disfruta del servicio de agua potable una vez a la semana. Yo con esto no busco victimizarme, sino que simplemente les doy un pequeño esbozo de lo que es vivir en Venezuela, cuando te falta lo más básico, y aun así te levantas todos los días, estás pendiente de atender a los demás y a ti mismo – cocinar, lavar, limpiar, porque sí también soy ama de casa-, trabajas de 14 a 16 horas – a veces más-, y entregas trabajo bien hecho y de calidad.

Para tratar de mantener el ingreso, no perder la oportunidad que me han dado y seguir sobreviviendo. Mi esposo y yo, decidimos que era hora de marcharnos, con unos pocos ahorros y con la gran ayuda que hoy nos presta parte de la familia, tomamos las maletas para dirigirnos a un mejor rumbo.  Si, tomar la decisión fue fácil, lo difícil vino después cuando el gobierno anuncia que el sistema eléctrico nacional, continúa con fallas y que el restablecimiento del servicio eléctrico será parcial.

OK, pensé que esto sería algo sencillo como hacer maletas e irnos, pero al hacer una lista de pendientes, me di cuenta de que los días antes del viaje necesitaba adelantar como sea un poco de trabajo, para poder entregar algo que diera a entender a mi jefe, que aún en esa situación tan desastrosa, seguía con paso firme y decidida a no perder el empleo.  Tuvimos la gran ayuda de un primo de mi esposo, que se ofreció a buscar los pasajes y pagarlos con su tarjeta de crédito, y al llegar le reembolsaríamos el pago.

Se consiguieron los pasajes en una aerolínea no muy conocida, para el martes 19 de marzo, solo a una semana y media del primer gran apagón. Para nuestra sorpresa la aerolínea decide re-programar por las fallas eléctricas y se pasó el vuelo para el día 2 de abril. En el transcurso de la semana del 17 de marzo seguía la falla intermitente en donde vivía, sin embargo, en casa de mi madre estaba un poco más estable, por encontrarse en pleno centro de la ciudad, por lo tanto, le notifiqué que pasaríamos la semana en su casa para poder adelantar trabajo.

Estuvimos desde el lunes 18, todo transcurrió con normalidad, trabajé más que nunca para poder adelantar todo, solo para que quedaran mínimos detalles, y justo el día que termino de subir uno de los últimos archivos, ocurre el segundo apagón el 26 de marzo, ese día nos fueron a buscar porque teníamos los equipos de trabajo, al llegar a mi casa, y subir los 14 pisos por las escaleras me quebré, entré en estado de pánico, me temblaban las manos, tenía la tensión baja, me sentía fatal. Pasaron 50 horas, hasta que al fin volvió el servicio de electricidad, ese día decidí empezar a hacer maletas, dije que debía aprovechar todas las horas de luz posible, porque no sabía hasta que hora la podría disfrutar.

Una de las cosas más difíciles que hay es meter 30 años en 23 kilos, 30 años de recuerdos y de ropa –sobre todo lo último-, saqué de mi closet al menos 8 bolsas de ropa para regalar, sabía que había mucha gente que la querría y eso podría ser una ayuda entre tanta necesidad. A las dos horas de comenzar a hacer maletas 4 PM, se fue la luz, y llegó a la 1 AM, mi esposo despertó como zombi, y me decía que se quedaría un rato despierto – a disfrutar de la luz- yo no sentía ganas de nada y seguí durmiendo.

Hacer maletas fue un acto de valentía.  A veces toca ser fría. 

Luego que miré cuánto cupo en mi maleta y el closet vacío, Maya, mi perrita me miró por detrás del mechón de su cara.  No pude más y me eché a llorar.

Ya a media mañana, fuimos a casa de los abuelos, a entregarles algunas cosas y despedirnos, discretamente abrí la nevera, y sólo tenían un pedazo de queso viejo, seis huevos y hielo, esa imagen fue algo que me partió el corazón, allí les preguntamos que habían comido esos días, y nos dijeron – tranquila hija, los vecinos están pendientes, nos hicieron una olla de caraotas, que comimos con arepa, y los demás días un huevo para los dos con queso rallado-.

Son cosas que no desearías oír nunca, pero que pasan, por más que se esté pendiente, siempre hay que estar preparado para algo más. Es una situación en las que te sientes como el juego de survivor, hay que estar preparado si comes, o no comes o a lo mejor tienes suerte y te dan inmunidad – pasas el día liso, sin complicaciones-, pero esos son uno en un millón.

Los siguientes días, fueron en el banco, comprando medicinas, agua, llenando bolsas y envases de refresco de agua con sal, para que mantenga más el frío si se vuelve a ir la luz y no tienen como refrigerar la comida. Tres días antes de irnos, nos hicimos unos exámenes de sangre, mi mama, mi papá, mi esposo, mi hermano y yo, y para variar otra sorpresa – mi hermano, padre y madre diagnosticados con anemia severa-, otra cosa más en la que pensar. Ahora tengo que pasar más dinero para que puedan comprar más proteínas, porque ya lo que envío no alcanza, empezamos a tomar medidas y les compre tomate de árbol y guayabas – por lo menos para tener donde empezar-.

Subimos de nuevo a casa, y mi esposo empezó a hacer su maleta, todo sin problemas, sin contratiempos, hasta que recibo una llamada de una amiga, que me decía que tenía que estar en el aeropuerto hasta un día antes, porque el check in se estaba haciendo de forma manual, cuidándose de las fallas eléctricas – ya que una de las platas eléctricas del aeropuerto se había quemado, y la otra funcionaba a media máquina- para completar como diría mi papá.

Al final, decidimos bajar al aeropuerto el día martes a las 2 AM, para evitar cualquier tipo de contratiempo, llegamos a las 4 AM, y el personal de la aerolínea llegó a las 9 AM, estábamos de primeros en la fila, pasamos en nuestro turno y justo después del check-in, me avisan que se fue la luz en Caracas y que estuviera pendiente.

Le ganamos una a la situación, lo siguiente fue la revisión, me sacaron todo de la maleta de mano, en Venezuela los guardias buscan cualquier excusa para revisar y sacar dinero, pasé mi revisión, y sellé la salida en migración. Ubicamos la puerta de embarque y empezamos a buscar que comer, llegamos a un sitio de arepas y al pasar la tarjeta debitaron de mi cuenta el monto, pero el punto no lo registró, así que el dinero quedó en el limbo y nosotros sin comer.

Ya a las 12:45 PM llegó el avión, un alivio más, pero, comenzó un movimiento de guardias de nuevo, – otra revisión- esta vez me tocaron hasta los genitales, pasaron la maleta por la máquina y esta vez no me pidieron abrir de nuevo. Seguimos esperando el vuelo, abordamos a las 2:40 PM, ya con 20 minutos de retraso, ya en el avión todo fue un poco de tranquilidad. Llegamos a la primera escala después de 11 horas de vuelo – Estambul- uno de los aeropuertos más complicados que he conocido, es una locura el exceso de gente, el odio discriminativo – algo de cultura machista – pero al final las 5 horas de espera pasaron relativamente rápido.

Abordamos el avión de nuevo con retraso, 20 minutos más, llegaríamos al destino a las 4 PM, al final llegamos a las 5:30 PM.  Ya se sentía un aire de tranquilidad, aterrizamos y en mi mente solo daba gracias a Dios por haberme dado la oportunidad que muchos no tienen, daba gracias a Venezuela por formarme, gracias a mi familia por amarme y a mi jefe por comprender una situación, que, si bien no era su problema, estuvo pendiente y dispuesto a apoyarme.

Al llegar a mi nuevo hogar, cambié unos problemas por otros, por la falta de electricidad llegó el tener que trabajar con las luces apagadas para evitar el alto costo del servicio eléctrico, por un sistema de transporte destruido llegó un servicio de transporte eficiente pero costoso – cada ticket de metro cuesta 2 euros, un ticket multi-viaje del tranvía son 70 euros y un viaje en taxi puede costar entre 9 y 20 euros dependiendo de la distancia-.

Hacer una salida como esta, no es un lujo que todos se puedan dar.  Debo reconocerlo.  Sin embargo salir a un contexto diferente no cambia tu vida de inmediato; especialmente porque hay un trauma del que toma tiempo recuperarse.

Gran parte de los venezolanos se acostumbraron a vivir sin pagar servicios, o pagar una cantidad ínfima, ante la magnitud que representa mantener un sistema de transporte público, un sistema eléctrico Nacional, y muchas otras cosas. ¿Que trajo como consecuencia todo esto?, pues que ahora en Venezuela se vive en base del racionamiento del servicio eléctrico y de agua potable, la falta de transporte, la escasez de medicinas, la inflación, servicios de salud en condiciones infrahumanas, entre otras muchas cosas que puedes ver, solo colocando “Venezuela” en el buscador de Internet y leyendo todas y cada una de esas noticias.

Por otro lado, a los que no conocen o no quieren saber que sucede en Venezuela no los culpo, a los que la sufrimos desde lejos les extiendo un abrazo y un consejo: la humildad y el trabajo por encima de todo, aunque sintamos dolor, tristeza o nostalgia, debemos seguir adelante, a quienes aún siguen allí solo les puedo decir que la fe es lo único que se necesita para seguir.

Gracias por su paciencia, sobre un tema que se sale de las Geofumadas espaciales.  Cierro un capítulo tras 2,044 palabras, que representan parte de mi informe -para mi jefe- de las últimas dos semanas de trabajo.

Toca seguir para adelante.

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