El Sacalenguas, versión primitiva.

Aquí uno de los mejores relatos que contaba mi padre, readaptado a su verdadero origen… ese origen del que apenas tengo memoria, y que a veces pareciera nunca haber existido.  Pero que al igual que mi padre, me hace falta cuando escucho las cigarras.

Fue desde el bordo del barranco que lo vio volar, 16865_1342395278252_1182302534_31076809_6132740_nen el crepúsculo de la oracioncita. Parecía una garza alargada que descendía por la quebrada de Las Trancas, hacia los encuentros con el río Araute. Puesto que iba contraluz, el atardecer lo resignó a creer provisionalmente en el cuento de la oscura zancuda que buscaba la posa redonda, por donde hay barrancos altos, por donde vive el Torogoz.

Pero al día siguiente la noticia despertó la leyenda: una res en el llano de Vargas muerta, sin rasguños, sin golpes, sin lengua.  Fue entonces que Don Marcos, que entonces le llamábamos Maco (como le decía la abuela), recordó la historia y me la contó, por otra penúltima vez.

Era una noche oscura de verano, con el calor chorreando en las costillas y el canto itinerante de los guacos en busca de desobedientes gallinas en los árboles de bolas.  El silencio grillolento se rompió, y no por cigarras aburridas; era como el bramido de un toro, que mugía desesperado en la enturbiada distancia. Maco se incorporó y caminó al bordo, por detrás de la letrina; la noche era todavía más negra, sin nuevas estrellas, como cualquier aburrido Abril sin amoríos, y la voz de su esposa en el eco del silencio:

– Ese toro está llorando, debe haberse enredado en un alambre.

Sus lejanas esperanzas que el tío Noé pudiera atender la res terminaron cuando decidió atarse bien el zapato izquierdo, regresó a casa por el fusil veintidós, la lámpara de cazador y una caja de municiones.
Descendió a la puerta de golpe, sacudió la lámpara por despertar su lumbre, mientras tomaba la derechura por el rancho de Don Catarino; justo cayendo a la posa de La Cachirula.
Escuchó el silencio del casto eunuco mientras se cantó otra canción pero con el mismo coro:

– Ah! Catocho, de nuevo te tomó la noche en la Iglesia.

Bajó con cuidado, recordando viejos resbalones con sabor a besos furtivos, el aliento de ocote y congratulados aterrizajes de la prisa de los suegros potenciales.   Más pronto aún estaba cruzando el río, apagó la linterna por el conocido culto a la costumbre, mientras lo repitió en el hígado.

– Se recuerda mejor el copante con la claridad de la espuma y el ruido de las piedras.

Al llegar al escenario del toro, a unos metros del trapiche, intentó razonar la ecuación; el animal corría alrededor de un matorral y cada tercio de elipse lanzaba su mortífero alarido.  Maco, a oscuras se acercó a la trayectoria, listo para encender la lámpara que ya se había colocado en la frente. Fusil en mano, intentó resolver la derivada del animal, que tras media hora de trillar el pasto ya tenía marcado un carril.

Si tan solo hubiera subido su mirada, hubiera visto el misterioso alado, que desde arriba controlaba al toro con un narcotizante olor que descendía cual rocío y penetraba en la nariz al ritmo de un dispar aleteo de lechuza en el tabanco.
Era el Sacalenguas, que en su intento errado de variar el género escogió un toro resistente al dogma; una vaca se hubiera dormido en minutos, y entonces suavemente hubiera descendido, le habría cubierto el cuello a doble vuelta con su serpentina jafa, apretando hasta que la lengua saliera en tamaño comerciable. La degustaría y quitaría el mal sabor a rumia comiendo su tierna ubre como postre.

Los minutos de la serpiente emplumada terminaron prematuramente; Maco encendió la lámpara, al tiempo que encañonó al toro que, sin opciones reaccionó soltándose en tangente hacia la finca del Tío Noé. Cuando llegó a la puerta de trancas lanzó un alarido y otro más cuando lo saltó, por el sonido de ramas rotas no se detuvo en gran distancia mientras atravesaba la cañera, allá por el árbol de quitacalzón. Cuando Maco, tardíamente alzó la vista buscando alumbrar el reptil alado, ésta se había ido.  Únicamente descendía su rocío y apenas pudo rescatar una pluma color gris empedrado que por su pestilente olor pertenecía definitivamente al sacalenguas.

Maco regresó como sonámbulo, intentando hilvanar su ruedo mientras una fría línea de sudor le figuró la espalda en vertical. Llegó a la casa, guardó el fusil, los zapatos y la lámpara, impotente a tal rompecabezas se durmió y soñó que se bañaba en la poza de La Sirenita, con un cielo navegado por animales de la película Avatar, pero en 2D.

Al día siguiente una vaca parda estaba muerta en la finca de Don Jesús Orellana, sin huellas, sin sangre, sin lengua.

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