Cómo saqué a mi hijo de Venezuela

Después de presenciar el concierto por ayuda humanitaria a Venezuela, decidí concluir con un escrito que no había podido terminar.  Si leyeron la publicación, sobre mi odisea para salir de Venezuela, seguro quedaron con la curiosidad de saber cómo fue el final de mi viaje.  El calvario del viaje continuó, les había contado que pude comprar mi pasaje de bus en Cúcuta y había finalmente sellado el pasaporte de entrada. Pues, al día siguiente abordamos el autobús hacia Rumichaca – frontera con Ecuador-  el viaje fue de aproximadamente 12 horas, llegamos a las 2 de la mañana. Ya en el terminal ecuatoriano, tuve que esperar dos días más en una cola; como estaba hambriento pagué 2$ por un almuerzo que tenía: pollo a la broaster con arroz, ensalada, chorizo, caraotas rojas, papas fritas, una Coca-Cola y una torta de postre

esa comida, para mí fue sinceramente lo mejor del viaje-.

Luego de haber almorzado, pagamos un taxi de Rumichaca a Tulcán, de allí debíamos seguir a Guayaquil o Quito, para nuestra sorpresa no había autobuses ejecutivos para ninguno de los dos destinos, así que para no seguir esperando tomamos un bus que no tenía ningún tipo de comodidad.  En este se subieron una gran cantidad de personal de autoridad, policías y guardias preguntando si había colombianos en el autobús –nunca supe por qué -.  Seguimos el viaje, llegamos al terminal de Quitumbe y tomamos otro bus hacia Tumbes, al llegar pasamos otro día más esperando bus hacia Lima, pero no aguatábamos más la espera, decidimos pagar otro taxi. Pasaron 24 horas de camino, hasta que finalmente, tomé un bus hacia la parte sur de la ciudad de Lima, donde vivo actualmente.

Han sido meses de arduo trabajo, extenuante trabajo diría yo, pero sólo el hecho de tener el poder adquisitivo, para pagar servicios, estadía, comida y algunas veces distracción, me hace sentir que todo el esfuerzo está valiendo la pena.  En este tiempo, tuve muchísimos trabajos, como dicen en mi país matando cualquier tigre; desde vender caramelos en una surtidora de gasolina, ayudante de cocina en un restaurante, pasando por seguridad en eventos, siguiendo con ayudante de Santa Claus en un centro comercial, muchas cosas hice para poder ahorrar el pasaje y gastos de mi hijo.

Le comuniqué a su madre que, por las razones obvias de crisis económica y social, no podíamos seguir permitiendo que nuestro hijo creciera y se desarrollara en ese ambiente. Aunque su madre y yo estábamos un poco distanciados, ella concordó conmigo que era lo correcto para él y su futuro.

Cada día se ven más niños, deambulando en las calles de Venezuela, unos abandonan el hogar para ayudar, otros se van para dejarle su porción de comida a sus hermanos menores, otros porque la situación ha causado depresión y problemas de salud mental en el hogar –prefieren estar lejos de casa- y otros más se dedican ahora al crimen. Muchas personas sin escrúpulos, reclutan niños para usarlos en robos, a cambio de un plato de comida y donde dormir.

Como la mayoría sabe, la crisis en Venezuela no es solamente económica, es política, social, ha llegado hasta las instancias más increíbles, por ejemplo, como mi hijo no tenía actualizado su pasaporte; se trató por los canales regulares solicitar uno nuevo, si no era posible, la única opción era la llamada prórroga, que permite extender la validez del pasaporte por dos años. Bueno, no logramos realizar un trámite tan sencillo, tuve que pagar en ese momento un total de 600 U$D a un gestor, que me aseguraba la expedición de la prórroga.

Los niños y adolescentes, son los que más han sufrido esta situación, la mayoría ha conocido en su corta vida, el hambre por falta de recursos y la ineficiencia de los servicios básicos. Muchos además han tenido que salir a trabajar, dejando cada año tasas de deserción escolar excesivamente altas, simplemente porque necesitan buscar la manera de ayudar en casa.

Ya al tener lo más importante –el pasaporte- comenzamos el papeleo, es decir, los permisos de viaje, ya que como en muchos otros países; los menores de edad no pueden salir del país sin el debido permiso firmado por ambos padres y validado por el organismo competente. Tuvimos que pagar correo express, para que yo firmara los papeles correspondientes y poder traerlo.

Su madre decidió venir con él, lo le expliqué que sólo la apoyaría al llegar, ya que estaba limitado a cubrir los gastos de mi hijo.  Aceptando las condiciones, y pudiendo ahorrar todo lo que podía, –hasta dejé de comer algunos días– le pedí que comprara el pasaje, ella se encargaba del suyo.

Cuando salí de Venezuela, pesaba un total de 95 kg, hoy en día mi peso es de 75 kg, la situación de estrés y las limitaciones, influyeron en mi peso totalmente.

Gracias a Dios, el pasaje no lo compró en el mismo terminal que yo, corrió con la suerte de que pude pagarle un autobús ejecutivo que viajara a San Cristobal, y desde allí, tomaron un taxi hasta San Antonio del Táchira; allí pasaron la noche en un hostal, hay que entender lo difícil que puede ser para un chamo –adolescente– pasar por todo el proceso de viaje. Es muy diferente lo que un adulto puede aguantar, días y noches en la intemperie, pero yo no podía permitir que mi hijo pasara por la misma situación, y más cuando no sabíamos a que se enfrentarían en el momento de ir hasta Cúcuta.

Al día siguiente, tomaron un taxi previamente contratado para llevarlos a la frontera, donde, al igual que yo tuvieron que esperar dos días, esta vez no por la cola de personas que querían salir de Venezuela, esta vez fue por una falla eléctrica que no permitía conectar la información de las autoridades del SAIME, para hacer el procedimiento de sellado.

Cuando sellaron el pasaje, contactaron con la misma persona que me ayudó a mí, les ofreció comida y donde dormir hasta el día siguiente. Compraron el pasaje hasta Rumichaca, allí empezó una conmoción, había muchos venezolanos que tenían al menos 4 días para pasar a Ecuador, el problema fue que el gobierno ecuatoriano, emitió esos días un comunicado que especificaba, que sólo pasarían la frontera aquellos venezolanos que tuvieran pasaporte.

Por cosas de Dios, y con mucho esfuerzo pagué la renovación del pasaporte, no me hubiera podido imaginar, que hubiera sucedido si tuvieran únicamente la cédula de identidad como medio de ingreso.  En Rumichaca compraron pasaje a Guayaquil, al llegar pasaron la noche en otro hostal bastante humilde, exclusivamente con un espacio para dormir. Esa noche, lo único que le pidió a su madre fue algo de comer, y consiguieron un carrito que vendía empanadas de verde, era una masa de harina de plátano verde relleno con carne y queso, eso fue lo que cenaron.

Al siguiente día lo llamé, estaba muy cansado, solo recuero que le dije – tranquilo papi, ya van a llegar, falta menos -, tratando de aliviar su cansancio dándole ánimos. Le faltaban un poco más de 4 horas de camino, abordaron el bus hacia Tumbes, fue un viaje tranquilo después de todo, en el bus durmió un poco más –en un trayecto que es un poco más de 20 horas–, sin darse cuenta ya estaban en el lugar comprando el pasaje a Lima.

Mi hijo nunca ha sido un niño que se queja, el no refuta nada, ni a su madre ni a mí, es muy obediente y respetuoso, ante esta situación diría que fue un valiente. Con solo 14 años enfrentó una situación que vivió mi abuelo, un italiano que se fue a Venezuela escapando de la guerra, y nunca se fue –allí murió– situación por la que también pasaron muchos latinos y europeos.

Actualmente su madre trabaja como dama de servicio –limpieza-, luego de terminar la jornada vende dulces en la surtidora de gasolina, –ella también está haciendo su parte por el bienestar del niño-, y el, pues… les cuento que en un poco menos de 6 meses, en la escuela le otorgaron hace unos días un reconocimiento por ser: “un niño entregado a sus estudios, un buen compañero y excelente persona”. Culminó su año escolar como el primero en su clase, y yo, orgulloso de haber podido contribuir a su mejor desarrollo, a que no viva diariamente con zozobra, angustia o miedo. Aún sigo trabajando duro, -echando pa’ lante- por él, por mi madre, por nuestro futuro.

Por último, gracias al editor de Geofumadas, a quien leía en mis tiempos cuando trabajaba para el Gobierno ejerciendo mi profesión y quien gentilmente me dio la oportunidad de publicar este texto que se sale de los temas geomáticos; pero que no se sale de sus escritos cuando comentaba de la crisis en Honduras.

One Reply to “Cómo saqué a mi hijo de Venezuela”

  1. ¡Vete a Colombia, que hay la misma miseria! ¡Qué carencia de criterio!

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