Una historia de amor para geomáticos

Aquí una historia sacada de la blogsfera, no apta para los tecnofóbicos, quizá ocupa algo más que la imaginación de Alex Ubago.

Ojos que no ven.

Era una tarde gris, indigna para un venturoso viaje de trabajo a Montelimar, en Nicaragua; la brisa marina cobijaba cálidamente la piel en gránulos de sal que se pixeleaban como ortofoto sobre un pescado traído de Santa Cruz en semana santa. De fondo complementaba el ruido de las olas contra el acantilado, remembrando la lluvia de peces del mismo róbalo a media perra del profesor Luís Murillo, en esos extraños paréntesis del pentagrama del Instituto Técnico Regional de Minas de Oro.

El escritorio de la playa se quedaba en marca de agua con la compañía de una chica cuyo diseño multicapa estaba optimizado a los estándares de la OGC, en servicios que en esos tiempos requerían parseo a 64 bits.

Sus ojos eran profundos y se reían disimulando miradas rápidas para evitar delatar su preferencia de enamorarse a lo intenso, con mariposas en el estómago por la mañana y lágrimas de dolor en los huesos con el insomnio; no importando ser herida otra vez. Sus labios pequeños adornaban un fino rostro en tres cuartos de sonrisa, irreconocibles a la sesión de trabajo donde había intentado hablar poco y decir mucho entre tanto abogado chapado a la antigua, seguros de ser más geomáticos que leguleyos. Su tez era clara o trigueña, confusa entre el protector de sol y el patrón de las geometrías no bronceadas, colochos naturales que igual no definían la originalidad divina por la pompa reciente, el tratamiento quincenal del salón de belleza o la resignación al criminal remojo salado; aparentaban ser poligonales suavizadas con una nitidez topológica.

La tarde se quedó monocroma, sentados junto a la playa miramos como en el horizonte distante, temerarios relámpagos amasijaban las costillas de grises nubarrones que construían volúmenes y sienas de pinturas renacentistas. Las olas se acercaban cada veintisiete segundos en sus blancas coronas de espumosas novias y se dropeaban hasta convertirse en ruedos acorpiñados de abuelitas de la aldea Agua Blanca, mientras el brillo amarillento bajo los nubarrones subía en streameado simple y bajaba en imagescript con golpes concisos al alma.

Justo en esa playa había estado hacía unos años en la desbordante decisión que solo se toma una vez en la vida y que luego de ocho años, dos polluelos peleándose con el aprende conmigo y la hipoteca amortizada hasta la equivalencia del alquiler, simplifican la integral compuesta a una ecuación lineal cuyo m es positivo; siempre y cuando b haya sido cálidamente incrementado. Aunque en los previos escenarios nos habían sugerido regresiones trigonométricas que oscilaban entre el cielo y el infierno, dependiendo del tamaño de la muestra y la frustración del instructor.

Sus pies jugaban con la fina arena, haciendo una forma de mosquitos en un jueves infantil, impecables como para modelo de bodegón. Eran blancos, sin esmalte en las uñas, tímidos casi como un miedoso cangrejo que abandonó la colindancia ante el riesgo de ser reposicionado en la inconciente geocodificación. Más al fondo, la música de La Casona, sonaba una canción enturbiada por la espesa brisa y el blasfemo volumen de los abogados.

– a pesar que la luna no brille mañana…

Una cintura encantadora, ajustada nítidamente por un traje de baño naranja a flores, dos piernas lisas que tímidamente cubría con una mano mientras con la otra frecuentemente señalaba el horizonte cada vez que un relámpago pudiera ser interesante; encontramos en el cielo un lagarto, un elefante y un conejo que después se convirtió en un primitivo objeto UML conectado por el rayo a un modelo tridimensional de Lemmen.

– Ojala, que tus ojos si brillen…

Cuando estás frente a ese horizonte gris distante, ante la cortina de espinas guascanal alternando las semillas de San Pedro, sientes en los nubarrones el soplido de ojos que te ven, tormentas que te sienten, corazones que seguramente te extrañan. Lo cierto es que los pocos segundos que dura nuestra existencia no sirven para ponerse a analizar que hubiera pasado si hubiéramos tomado otras decisiones, y te sorprende como del otro lado de la cerca otros envidian lo que tu percepción momentánea puede no ser optimista.

El tiempo fue corto, las ponencias de miedo y la filosofía del buen humor adaptado a gml para móviles, para que contar. Me di cuenta que solo se puede amar una vez ante el inevitable dualismo de entregar el rincón de las mariposas a corto plazo o conservar una relación que vale oro en el largo.

– que me cuentes tantos ratos de pasiones…

El caliente sabor de la papa horneada quedó en mi garganta, sus cuatro carcajadas ante el chiste del florero de pepito estrepitaron como era de esperar, yo también solté dos carcajadas ante su primer chiste y dos obligadas ante el segundo pues ya lo conocía; ninguno de los dos chistes recuerdo, pero las palabras que coronan una amistad que dura una vida no las podré olvidar fácilmente, aunque nos separen dos zonas traverso y la necesaria corrección de datum.

– quedan tantas cosas por contarte…

No le volví a ver y solo disfruto su amistad arróbica en correos que ella alterna con sus aportes al salón de belleza en relación de uno a cinco, sus scripts ignoran la distancia y presumen la complicidad de una granita de café a la vuelta de la esquina. En algún lugar posiblemente llora como nosotros, sufre su intento por la interminable maestría que consume sus lindas pestañas, como los simples mortales también. Su corazón seguramente no ha cambiado, aún espera ese personaje que entienda su indexado geoespacial antes que las curvas de nivel de su cartografía base, en ese intento posiblemente está dispuesta a arriesgar lo que ya ha sufrido, pero decidida a amar de la única forma que sabe, en intenso C#.

– que tu luz brille por siempre porque tu te lo mereces…

Uno de los párrafos del relato se ocultó la última vez que edité las etiquetas del html; cuando intenté compensar vuestra perversa curiosidad y agregar el diccionario de geospatial modeling me di cuenta que el archivo rebasaba la cantidad de caracteres de la paciencia cibernauta.
Je je, como dice mi amigo caído de Islas Canarias, jolín en vuestro favor.

Vía: Relatos Catrachos

 

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